Un 29 de julio de 1932, en plena canícula, María Domínguez fue proclamada como primera alcaldesa en la historia democrática española. Desempeñó esa responsabilidad en Gallur, municipio de la provincia de Zaragoza. Fue también una de las pocas firmas femeninas que aparecen en los periódicos españoles de principios del siglo XX. Desde 1916 escribió en prensa, en medios como El Ideal de Aragón, Vida nueva y El País, al tiempo que crecía su prestigio como conferenciante. Publicó algunas de sus conferencias
en un volumen titulado Opiniones de mujeres.
A diferencia de sus ilustres contemporáneas (Victoria Kent, Clara Campoamor, Hildegart Rodríguez…), con quienes compartió ideas en pro de la igualdad entre clases y sexos, María Domínguez no desembocó en esas ideas desde una cómoda cuna ni desde refinados colegios. Nacida en Pozuelo de Aragón (Zaragoza) en 1882, creció en la humildad económica. Trabajó duro en labores ingratas y descubrió que podía ser pobre, pero no analfabeta. Primero aprendió a leer, luego estudió mientras se ganaba el sustento haciendo medias a máquina, y más tarde opinó y escribió, al tiempo que defendía una enseñanza pública de calidad.
María Domínguez fue una de esas maestras de la República que concebían la educación pública como un instrumento de transformación social y de igualdad de oportunidades. Esta premisa fue el principio que rigió su vida y la de otras maestras como ella. España no sería una auténtica democracia mientras buena parte de la población estuviese sumida en el analfabetismo perpetuo.
Maestras como María Domínguez fueron un ejemplo de resistencia femenina cuando eran totalmente hegemónicos los modelos patriarcales. Los planteamientos feministas eran muy minoritarios en aquella España. Hasta tal punto estaban arraigados esos modelos patriarcales que, en el caso de nuestra protagonista, fue su padre quien la movió a la lectura, para nada su madre. Es más, “¿pero es que le vas a consentir a la chica que aprenda a leer?”, le dice la madre al padre. Y responde el padre: “ya no tiene remedio, ya sabe leer”. La anécdota, que la contó la propia María Domínguez en 1932, resulta ilustrativa de hasta qué punto era difícil y costoso rebelarse a través del autodidactismo.
Es importante subrayar que María Domínguez desarrolló unas prácticas de vida congruentes con sus ideas. La República las facultó para acceder a la representación política. En el caso de María, aplicó sus ideas a propuestas concretas de acción: así, cuando llegó a la alcaldía, construyó una escuela unitaria de niños y niñas. No le bastó con tirar la pared o el tabique que separaba las aulas de unas con respecto a las de otros.
María Domínguez vivió otra época, pero también padeció los malos tratos. Los sufrió, pero no los asumió: abandonó a un marido impuesto, fue perseguida por ello y tachada de libertina. Salió de su pueblo a escondidas, anduvo durante muchos kilómetros y se instaló en Barcelona, refugiándose en el anonimato de la gran ciudad.
Defendió la República como sistema garante de las libertades y como instrumento transformador de la sociedad. Eran demasiadas osadías para una mujer de aquellos tiempos: fue fusilada en septiembre de 1936, en medio de ese “terror caliente” del verano de 1936, recién iniciada la Guerra Civil española. Sus restos descansan hoy al pie de un ciprés en el cementerio de Fuendejalón (Zaragoza).
En enero de 2021 fue exhumado el cuerpo de María Domínguez. Junto a los restos aparecieron una peineta, cuatro horquillas del pelo, dos botones y restos de unas sandalias. La tumba de María Domínguez fue declarada como un “lugar de especial relevancia simbólica e histórica», un lugar de memoria.
Alberto Sabio, Cátedra María Domínguez de Memoria Democrática

